Categoría: De Naranja-Lima

el peso del cuerpo

el peso del cuerpo

El peso del día cae sobre los hombros silencio se pasa la vida suspiros que se pierden instantes que pasan indiferentes   Silencio   Instantes, olvidamos al instante lo que era la alegría maquinas trabajo repetido repetitivo   Silencio   Aroma a duraznos que se […]

Desconectados

Desconectados

La gente no sabe, pero los observo: quietos, en silencio, no escuchan, no hablan, no ven, casi que no sienten. Robots frente a una pantalla táctil con ojos vidriosos, resecos. Momentos de conexión que han pasado a ser parte del olvido. En algunas ocasiones los […]

Letras

Letras

Me preocupé por mirar el papel.

Es que estaba desorientado y sentía la necesidad de buscar una mano amiga que me sacara de la angustia y liberara la opresión que sentía en el corazón.

Note que no podría volver a escribir y creí que todos se habían dado cuenta.  Sentí que lo sabían. Tenía miles de ojos en la nuca que me señalaban, me perseguían.

Era como un licuado de vergüenza y fracaso que llenaba mi garganta de un sabor amargo y mi nariz de olor nauseabundo y podrido.

No había ya palabras, ni letras. No había nada, estaba vacío, sin ideas, que es lo mismo casi que estar sin alma. Desnudo, indefenso, perdido.

Volví a observar el papel. Me preocupé por mirar su blancura. Las líneas que dividían mi hoja en renglones habían cobrado vida, vi que se movían como olas gigantes y creí que me alcanzaban, me envolvían. Naufragaba a la deriva de un mar de ideas que se desvanecían.

¿Es que acaso estaba viviendo en un sueño? Más que un sueño era una terrible pesadilla y dentro de ella ni mi mano ni mi cerebro no se conectaban, sin comunicación aparente mi única forma real de expresión me había dejado. Miré mi mano imposibilitada de movimientos: ya no soy humano.

Sin embargo, aunque lograra mover la mano sobre el papel en blanco con renglones mojados, me di cuenta que mi lápiz no tenía punta, por lo que tampoco hubiese sido posible garabatear ningún recuerdo escondido, previo al miedo, previo a estar vencido.

Miré el papel en blanco, mi cerebro vacío, mi lápiz sin punta y mi pupitre de repente comenzó a hacerse cada vez más pequeño.

¿Donde estoy? Es un aula de una escuela que no distingo, me es ajena.

A-E-I-O-U

Paro. Retrocedo, mi pupitre se hace aún más pequeño y este aula crece en dimensiones escalofriantes. Y yo soy diminuto y estoy solo. Miro las letras, ya no sé cómo suenan esas vocales, no entiendo cuál es cuál.

En realidad, no estoy seguro si hay un sonido que da el nombre a una vocal.

No leo, no escribo, no pienso, casi que no respiro. Si no logro garabatear mi hoja blanca definitivamente, no existo.

Tengo frío y mientras reconozco que necesito un abrigo, un fuerte cachetazo golpea mi mejilla y es tan fuerte el golpe que quema, me asfixia. Se que está roja aunque no me refleje ningún espejo. Una lágrima cae lenta a través del ardor y escucho gritos cargados de odio:

“tienes que aprender las vocales,

tienes que aprender a leer,

tienes que aprender a escribir,

tienes que aprender las tablas,

tienes que aprender a sumar,

tienes que aprender a vivir.”

Escondo mi cabeza con brazos débiles y tapo mis oídos con manos insignificantes, la frente se arruga , la nariz gotea, los hombros y la espalda se tensan, no hay cuello, hay miedo, soy un niño, no lo entiendo.

Los aullidos van perdiendo intensidad y se ahogan en la corta distancia de un tiempo que se desvanece. Creo que el peligro ha pasado y abro cauteloso el ojo izquierdo, tomo coraje y con los dos vuelvo a la hoja de papel en blanco con sus renglones que  naufragan en mi pupitre pequeño, a este aula gigante, a mi lápiz que sigue sin tener punta. A mi fracaso, a mi vacío.

Con un poco más de confianza, levanto aún más la cabeza y mis ojos se clavan en las letras escritas con tizas de colores en el pizarrón del frente.

A-E-I-O-U

No las conozco, no se como suenan.

¡Rinnnnnnn! Aguda campana ensordecedora resuena no tan lejos.

No, no estoy solo, estoy rodeada de niños que no quiero, que gritan alocados mientras salen por la puerta que da a un patio donde hay un mástil con una bandera que no es mío.  Maestras con guardapolvos largos y peinados antiguos y ojos pintados con sobras violetas caminan entre los alumnos que juegan, mientras cuchichean chismes de las otras maestras que toman café amargo y fuman ansiosas.

Mi malestar mejora, lentamente la angustia se disipa, es que la mano salvadora que espero desde el principio de los tiempos ha llegado y me distrae.

Repite mi cabeza con ecos: ha llegado… Ha llegado.

Es alguien alto con un rostro nublado que no distingo, con voz amarga de mates verdes y dientes amarillos. Olor de invierno que llena mis sentidos. Toca mi frente y exclama: “tienes fiebre”.

Caigo vencido por el peso inhumano que se cuelgan de los postigos de mis ojos brillosos.

Lejos del conocimiento adquirido y los versos aprendidos, ya no escucho niños, ni oigo sus chillidos, no veo letras pintadas en pizarrones con tizas de colores, ya no tengo un lápiz sin punta entre mis dedos, ni estoy sentado en un pupitre pequeño,  la hoja blanca  con renglones que mojan que tenía delante de mis ojos se ha desvanecido. No existe, es olvido.

Pese a la tranquilidad de saberme en la guarida, sin cachetazos, sin miedo y con la brújula marcando la salida, mi garganta sigue seca, raspa.

Vuelvo a abrir los ojos luego de creerme muerto. Conocimiento de letras que he aprendido

Miro y me abrigo, estoy tranquilo, he recobrado el dominio de mi mismo.

Me olvido del olvido, siento que escribo.

La luna de rock

La luna de rock

Hace muchos más años de los que soy capaz de recordar, alguien se cruzó por el camino en el que andaba. En cuestiones de tiempo, su paso fue casi esporádico. Pero en su andar, dejó colgado en el techo de mi cueva una frase que […]

Frente al espejo

Frente al espejo

Hoy me levanté y me miré al espejo.  Veo que tengo manchas, veo que tengo arrugas.  Veo que en cada surco de mi rostro hay retos que tuve que sortear.  Veo intentos por salir adelante, por superarme. Veo que busqué hacer de cada obstáculo una […]

solteras…

solteras…

A veces es complicado recordar lo difícil que está el mercado de los “solos y solas”.
Escuchar las quejas de las amigas y mover la cabeza asintiendo como dando a entender que comprendemos perfectamente lo que están sintiendo, es una imagen típica en charla de mujeres.
Es indudable que desde el corazón estamos con ellas, pero hay que salirse un poco de la línea del: “sé perfectamente lo que me estás contando”, porque la realidad demuestra que estamos equivocadas: ¡no, ya no sabemos lo que están pasando!!
Sería bueno que las que tenemos amigas solteras, nos solidarizáramos.
Propongo escribir en las notas mentales: “¡¡Mi amiga me necesita!!”

Sin lugar a dudas tener cuidado con la pesada mochila cargada de palabrerío barato listo para ser volcado en situaciones en las que no se sabe bien qué decir, adjunto un par de ejemplos:
1- Tranquila, ya va a llegar.
2 – No merece la pena.
3 – Es tanto más divertido estar sola.
4 – Nena, no está a tu nivel, vos te mereces muchísimo más.
5 – ¿Sabes la cantidad de buenos tipos que hay esperando por alguien como vos?

Las solteras deberían entender que cuando una mujer que se considera “amiga”, ha acudido a alguna de estas frases hechas, u otras tantas del estilo, lo hacen sin la menor mala intensión, sino desde un lugar también de bajón por no encontrar las palabras adecuadas ante la desesperada situación. Tengamos en cuenta que una amiga es capaz de decir las cosas más ridículas con tal de levantar el ánimo a esa querida compañera de emociones que está con el corazón achicharrado.
Es re “cool” pensar que si uno estuviera en su lugar la llevaría con altura, gritando a los cuatro vientos: “¡Qué buena vida esta de estar soltera!”
De todas formas podemos hablar de un par de lo que podría llamarse “beneficios” que tiene la soltería y que por supuesto, las solteras no son capaces de ver y las ocupadas no dejan de extrañar como salir todas las noches y que nadie te espere en casa, fines de semana solamente para leer libros y que nadie me hable… ¡Paraíso!
La cama solamente para una.
Nada de cosas sucias desparramadas por la casa.
Poder escuchar tranquila el playlist de Spotify con todos los temas inconfesables que escuchamos cuando estamos solas, cuando limpiamos o cuando nos agarra el subibaja emocional.
Comes lo que queres, cuando lo queres, como lo queres.
Tu usuario de Netflix muestra solamente lo que puede llegar a gustarte a vos y a nadie más que a vos.
Indefectiblemente en todos los grupos de amigas tenemos alguna soltera que tienen esa invalorable libertad de no estar “atada” a nadie.
Que trabajan y no tienen que compartir ganancias con nadie.
Que tienen la libertad de decidir cuando salir de viaje y a donde se les ocurra sin tener que dar explicaciones.
Y gastar y malgastar sin control y sin caras de reproches, incluso después de comprar un collar de caracoles en la playa por 200 dólares (que obvio no va a usar nunca).
Sentarse en la barra de un bar en algún sitio cualquiera, y pedir una Margarita, y dos, y tres.. Y pensar sin cargos de conciencia: “Mmm que bueno que está el barman: (totalmente descarada decir: “Hola señor barman, creo que no nos presentaron…” Definitivamente libertades poco tenidas en cuenta a la hora de empezar con la cantaleta de la soledad.

Diferentes tipos de solteras

Muchas veces hay mujeres a las que el perfume de la “necesidad de encontrar” esa persona ideal a como de lugar, es un halo catingudo y pegajoso que las acompaña en el andar. Aclaremos las cosas: todas hemos pasado los 30, algunas suman más de 35 y el reloj biológico es proporcional a la necesidad de un cálido abrazo en invierno, es inevitable, totalmente entendible y sinceramente real.

Otras se caracterizan por llevar el vestido de novia en la cartera: en la primer cita, luego de un poco más de 2 horas de entretenida superflua conversación, mandan un mensaje de texto a familiares y amigos anunciando formalmente el compromiso con su total desconocido compañero de cerveza, pero que repentinamente se ha transformado en el principe azul, que ha venido en su caballo a rescatarlas de todos los males aburridos que azotan la vida cotidiana de esta mujer desesperada… ¿Realidad?
Los príncipes azules ya no existen ni en los cuentos. Ni siquiera en Disney sino pongamos de ejemplo “Tangled” en donde el “enamorado” de la doncella es ¡un ladrón!. Sí, bueno, entiendo, el joven se retracta de sus malos modales y cambia por ¿AMOR!?
En los tiempos modernos, los hombres ya no cambian por un sentimiento cursi y pasado de moda.
Ya nadie cambia por amor… es hora que lo entendamos, ni siquiera nosotras mismas.
Pero para la mirada femenina es obvio: ¿Cómo no vamos a estar todas desesperadas por hombres perfectos si desde niñas no hemos visto más que historias amorosas con caballeros perfectos que no se encuentran en ningún lado más que en los libros, o movies?
Sí chicas, hemos crecido en una mentira…. Vivimos en la era en la que los príncipes se han convertido en sapos.

Pero de todas las actitudes que puede tomar una mujer desesperada, frente a la brutal resignación, el oscuro pozo de abandono golpea la puerta.
Ante la imposibilidad y tremenda cantidad de intentos frustrados; ante las miles de horas tiradas en una cama malgastando lágrimas de desconsuelo; muchas han decidido no seguir conociendo cretinos. Ya ni siquiera eligen hombres de una noche, ni galanteos momentáneos, incluso frente a piropos cotidianos surgen caras serias y malhumoradas. Ladran, alejan, se resienten, se dejan.
Un odio inimaginable y creciente apoderándose de todo su ser. Amargura constante.
Este tipo de amigas pasarán los fines de semana encerradas mirando en Netflix alguna barata peli romanticona, frente a un bowl de pochoclo (pororó, popcorn o como lo llamen) de microondas, sin un plan mejor que el de engordar y llenarse de granos.
Con suerte conseguirán un Corín Tellado, o mejor pongamos algo un poco más moderno como E L James y suspirarán por todo lo que no han sido capaces de conseguir. Alguna que otra vez, con muchísima mala onda cuidaran hijos ajenos de amigas felizmente casadas, para luego tener la posibilidad de variar de tema de queja semanal: la soledad y lo pesado que es cuidar hijos ajenos.
La tristeza personificada; la por todos conocida: solterona.
Ese sí que es un caso de soltera complicado.

Ojo, también existe la que ha aprendido a disfrutar de todos los beneficios que hemos estado enumerando y no cambian por nada del universo la maravillosa relación que tienen con ellas mismas. (¡Aplausos por favor! Me encanta esa ovación).

No seré feliz pero tengo marido

El título de la novela de la argentina Viviana Gomez Thorpe lleva a la reflexión.
¿Tiene que ver una fuerte presión social en la forma de llevar la soltería?
Es común ver a la familia, vecinos, amigos, conocidos, las amigas de la vecina y sus hijas, incluso las amigas, todos en conjunto señalando a las solteras.
Son blanco de comentarios chismosos, incluso malintencionados.
¿Es acaso parte del éxito casarte y tener hijos a una edad socialmente estipulada?
¿Hay alguien capaz de garantizar un futuro perfecto a una mujer que cumple con las normas a rajatabla?
Una vez escuché un comentario acerca de la mirada inquisidora y lastimosa que había recibido una soltera por parte de amigas (“felices”) a las que no veía hace tiempo: relataba que el único tema que habían querido hablar con ella tenía que ver con un potencial novio o pareja, amigo o lo que fuere, pero un hombre al fin.
Sus amigas no le preguntaron por su salud, ni por su trabajo, ni siquiera un simple: ¿Estás bien? Muchas creen que la exclusiva forma de bienestar general que su amiga puede llegar a experimentar estaba 100% relacionado con la idea de tener una cama doble compartida.

¿Llegará el sexo femenino un día a entender que la verdad revelada acerca de la felicidad no tiene que ver con tener un hombre al lado?
¿Será acaso esto la verdad revelada para unas pocas?
¿Es acaso lo único que necesitamos, para tener constantemente una sonrisa en el rostro, un representante del sexo masculino metido en la casa (o en la cama)?
¿Entenderemos alguna vez, que no hay hombre en el mundo que garantice la felicidad?
¿O es que un hombre solamente es capaz de darle a la mujer ese bienestar que necesita?
Cuántos planteos sin respuestas.
Hay mujeres casadas con hijos y un marido (con el que no hablan hace siglos), que miran a su amiga libre un dejo de pena, mientras lamentan tu poca suerte al no haber sido capaz de conseguir un matrimonio feliz como el de ella.
Pongamos las cartas sobre la mesa: este mundo está tan lleno de mujeres hipócritas como de solteras.
La felicidad tiene cara de todas esas cosas que nos encanta hacer y que no nos damos cuenta cuánto valen hasta que no se las pierde.
Una mujer sola tiene la cama entera para dormir despatarrada. Y los fines de semana despertarse al medio día, ir a yoga, o salir a caminar, darse baños de inmersión, permitirse un desorden propio del cual nadie se va a quejar por más que la ropa esté tirada por semanas. El tiempo del mundo para ir a la manicura, también hacerse los pies y pasar por la peluquería, tomar un cafecito al sol, charla va charla viene con amigas (otras solteras) sobre la inmortalidad del cangrejo, total, ninguna tiene horarios ni obligaciones. Esas pequeñas ventajas que las casadas con hijos extrañan y que incluso sueñan en silencio recordando esos placeres propios de la libertad perdida. La otra cara de la moneda, muestra al pajarito de la envidia volando sobre la lista interminable de cosas que quedan por hacer en el día de una casada.

Una cosa está clara: si una mujer comparte la cama con un hombre, una mujer, un perro o un gato, es un tema que no le compete a nadie más que a ella misma.
Por lo general alguien es considerada soltera cuando la edad políticamente correcta para casarse ha pasado, lo que esperemos todos que algún día sí pase, es que la nuez cerebral de la gente que piensa que esto es correcto, termine de germinar y se transforme en un árbol lleno de frondosas ramas que conlleve a una apertura mental.

Nadie tiene comprada la felicidad. Ni siquiera vistiéndose de blanco y llegando al altar del brazo del padre que con lágrimas de orgullo paternal, entrega a la virginal doncella en brazos de su amado con quien vivirá feliz el resto de su vida.
No amigas, la única realización personal va más allá de eso, no depende simplemente de encontrar la media naranja, la felicidad está en el alma, en sentirse bien con uno mismo y aceptar lo que ha encontrado y lo que es. Se puede ser tan infeliz frente a la idea de estar solo como ante la posibilidad de pasarse la vida con alguien que uno no ama, (solamente por no estar solo…)
¿Acaso no se estaría igual de solo durmiendo con un extraño después de años de infeliz matrimonio?

De la misma forma que existen esas “tocadas por una varita mágica” que han encontrado la persona ideal para compartir su vida, hay mujeres exitosas en una vida elegida para pasarla con quien mejor uno se siente: uno mismo.

De todas formas, para las que siguen con la idea fija, pidan la bendición de San Antonio, y si quieren cantemos a coro: “Pedile a San Antonio que te mande un novio, todos los domingos todos los domingos”

 

Revolviendo las ganas

Revolviendo las ganas

Me pierdo en el recuerdo de emociones lejanas y tardías. De correr fuerte empujando la vida. De tacos altos y polleras cortas,  corriendo y saltando, volviendo en redondo. Dando pasos certeros y otros mas de costado,  para no perder la costumbre de querer ir a […]

En los minutos finales de 39… quería decirte:

En los minutos finales de 39… quería decirte:

En mis últimos días de treinteañera quería decirte que: Pasamos la juventud pensando que estamos demasiado gordas o flacas, petisas o altas y pasan los años y nos vamos sumando complejos.  Mi mamá me dijo que los 35 años eran la edad en la que […]

Aquella que soy: la herramienta que todas necesitamos

Aquella que soy: la herramienta que todas necesitamos

Soy hija adoptiva de tierras entrerrianas (en Argentina) y aunque hace demasiado tiempo que me fui, ese sigue siendo mi lugar en el mundo.

Tuve una infancia diferente, mis padres se divorciaron cuando divorciarse no estaba de moda. Pero en medio del caos que significó para mí ser la “diferente”, tuve a mi lado dos seres humanos maravillosos que me acompañaron, me educaron y me ayudaron a atravesar el mal trago.
Dos mujeres que me enseñaron a pararme frente a la vida con la frente en alto.
Dos mujeres.
Dos razones por las que hoy me sigo sintiendo absolutamente afortunada: Mi mamá y mi abuela.
Hay una canción de Facundo Saravia que dice que uno valora las cosas cuando las suele perder, y que cuando las tiene a mano nunca las sabe tener.
Cuando vivían, las amé. Les agradecí como me fue posible.
Fueron mi alivio, mis compañeras, mi rayo de sol en las tormentas, pero cuando se fueron me di cuenta que lo que habían hecho en mí era todavía aún más grande y fuerte de lo que podía imaginar.
Mi abuela: ella construyó para mí un nido, un refugio.
Mi tiempo con ella fue mágico. Mi tiempo con ella fue realismo mágico.
Mi abuela fue libros y cuentos y lápices y hojas y cuadernos. Muchas de las cosas que hoy me hacen feliz las aprendí de ella.
Por ejemplo escuchar folkclore y cocinar. Ella me demostró todo el amor que se transmite en cada mesa servida en familia. El tiempo en la cocina no es tiempo perdido cuando se preparan los alimentos para las personas que amamos. Pero definitivamente su mayor legado fue la pasión por los libros y la oportunidad que me dan las letras de expresarme.
Mis primeras historias, los mundos fabulosos que conocí a través de esos primeros libros que parecían interminables fueron de su biblioteca. Ella también me enseñó a recitar poesías, a escribir obras de teatro que después representaba con mis primos en eventos familiares.
Como ella escribía el diario de su vida, fue el ejemplo por el que yo comencé a escribir los míos.
Mi abuela me mostró que los libros son capaces de abrir universos paralelos, que podes viajar a donde quieras y vivir vidas que tal vez en la realidad no te animas a vivir. Y esas letras me dieron alas de libertad en momentos complicados.
Así que Aquella que soy, también es mi adorada, inmensa e inolvidable abuela Lita.
Y de la maravilla de abuela que tuve, nació un ser de luz cariñosa y atenta, la más dulce y buena mujer, la que me dio la vida.
Mi mamá fue el ejemplo de una mujer con agallas. Con ella entendí que eso del “sexo débil” no tiene nada que ver con el género femenino. 
Mi mamá no titubeó en ponerme límites incluso por sobre mis enojos y reproches de adolescente inquieta. Una vez me dijo que ella no quería ser mi amiga.
¿Se imaginan?. ¿Cómo no iba a querer ser mi amiga?
Era mucho mejor ser amigas que ser madre e hija.
Me dijo: “no vamos a ser amigas, no necesito ser tu amiga. Yo soy tu mamá”
Ella me dijo que el rol que ella tenía que cumplir era mucho más difícil, con más responsabilidades y mucho más importante.
Ella era mi mamá.
Y en ese rol de madre que tan bien supo cumplir, siempre estuvo para alentarme, para levantarme en mis caídas, para ponerme límites y enseñarme a ponerlos, para darme su mano, para guiarme.
Ella me hizo entender que ante cualquier adversidad yo tenía en ella la persona en la que siempre podía confiar. No importaba cuán inmensa hubiese mi metida de pata, ella estaba ahí para hacerme cargo del error.
Por eso Aquella que soy es el legado de estas dos mujeres inmensas.
Pero también hubo un abuelo. También hubo un hombre que mandó a hacer un monumento a la madre que hoy sigue firme en la plaza principal de la ciudad e la que crecí, junto frente a la puerta de la municipalidad.
Un hombre que incluso cuando el rol de la mujer no era tenido en cuenta, él se animó a darles un lugar, un reconocimiento.
Inclusión mucho antes de entender lo que era, de que se hable de los derechos de las mujeres. Mi abuelo nunca dudó del lugar inmenso que ocupaba mi abuela, cómo cuestionarlo, si mi abuela era el corazón y mi abuelo era el alma.
Un hombre que dejó con su ejemplo de respeto e inclusión una familia a la que amo y a la que orgullosamente pertenezco. Por lo que Aquella que soy también son los hombres que rompieron barreras, que alzaron su voz, que educaron con el ejemplo.
Hombres de bien que afortunadamente he ido encontrando por el camino que transito muchos otros como mi abuelo.
Cuando conocí a Laura, mi talentosa compañera en este proyecto. Yo no la estaba buscando, pero apareció. Así como aparecen en la vida los buenos amigos. Yo necesitaba una ilustradora para un proyecto infantil, ella trabajaba en un mural en Wynwood.
Su arte, sus creaciones, su casa llena de dibujos, su pasión por lo que hace y lo que hizo, su familia, su energía, todo en ella hizo que fuese de esas personas que cuando las conoces no las puedas dejar ir.
Sofi Zermoglio Laura Barroetaveña Photo: Martín Inchauspe

 

Así nació este proyecto, tomando mates y hablando del nuevo rol de la mujer en esta sociedad.
Hablando de las cargas, del peso, de la cantidad de cosas sin sentido que vamos metiendo en nuestras mochilas invisibles y después nos podemos dar un solo paso de lo pesadas que están.
Hablando de la mujer que trabaja, la que es empleada, la profesional, o la que lucha por mantenerse sin un jefe, todas queremos y necesitamos ganar dinero para mantenernos, para ser exitosas y además:
hay que tener pareja
hay que tener hijos
hay que tener familia
¿Y si lo que queremos no tiene nada que ver con lo que la gente quiere o lo que la sociedad dice que es lo correcto o lo que debo hacer?
Y si lo que quiero es sentirme realizada profesionalmente y no tengo lugar para familia e  hijos, ¿esta mal?
Y si tenemos familia y hay que ocuparse de la casa, los hijos, el marido, la comida, el perro, el gato, las plantas, el trabajo, además hay que estar espléndidas y encima sacarme buenas fotos porque sino no voy a tener 50mil likes en Instagram y la gente se va a dar cuenta que mi vida no es tan perfecta y feliz como quiero mostrar…
¡Ay, qué difícil!
Aquella que soy fue desde el primer momento, la fusión de dos mujeres que sí tenemos vías de escape.
Por que  cuando yo necesito frenar, hago dos cosas: medito o agarro lápiz y papel.
No paro de escribir y escribirme, y libero y respiro, y suelto.
Laura hace otras cosas, entre ellas, papel y lápiz en mano: dibuja, ilustra, crea mundos en los trazos de sus pinceles. Magia.
Toda la presión que acumulamos en el día a día, la frustración, el dolor, los miedos, la tristeza, la dejamos ir dibujando, la soltamos escribiendo, la despedimos pintando.
En nuestra charla pensamos en todas las personas que no encuentran la forma de liberar.
Sabemos que algunas van al gimnasio, o salen a correr, otras cantan en la ducha, o cocinan, o terminan agotadas de tanto limpiar la casa.
Pero Aquella que soy, está dedicado a aquellas que no conocen de descanso mental, que no saben cómo liberar.
Aquella que soy es una herramienta.
Porque  a veces estamos tan ocupadas que no tenemos tiempo para mimarnos, para prestarnos atención, para por un ratito olvidarse de todo y hacer lo que nos tranquiliza. Por eso Aquella que soy es un libro corto, relatos breves, poesías en forma de prosa.
Sencillo pero dinámico.
Pequeño pero poderoso.
Es una comunión entre vos, ella, él y yo. Comunión entre personas sensibles que nos andamos buscando.
Un espacio para dejar de lado las caretas y ser nosotras mismas al menos por un ratito y liberarnos.
Cortar las cadenas imaginarias que nos controlan, cerrar los ojos acusadores que nos señalan y condicionan.
Aquella que soy son los hombres y mujeres que pasaron por nuestras vidas y nos han llenado de inspiración.
Incluso los que han roto el corazón en mil pedazos pero que en ese dolor nos hicieron madurar y crecer.
A los maestros que nos educaron y las familias en las que hemos crecido.
La tierra que amortiguó nuestras caídas.
Las sonrisas y las lágrimas; las carencias, las búsquedas, los ejemplos y los logros.
Todas las piedras que encontramos en el camino y que hemos ido sorteando.
Aquella que soy son todos los errores de los que hemos tenido que hacernos cargo y que hoy nos han hecho ser quienes somos.
Aquella que soy, somos vos, yo, nosotras.
La foto que encontré en un cajón

La foto que encontré en un cajón

En la foto que encontré en el cajón, estás vos y vos, vos también… estamos todas. Somos dos, tres… llegamos a diez, y un par más también. En la foto que encontré en el cajón, veo a la infancia con una total cara de dormida.  […]