De este mundo y un poquito más allá

Aquella que siempre serás… 

Aquella que siempre serás… 
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“Aquella que sos…
Aquella que fuiste…
Aquella que siempre serás…

La más sincera, aunque la sinceridad doliese.
La amiga de todos.
La que caminaba por la calle sin dejar de saludar a nadie.
La sonrisa inmensa.
La confiable.
La que escuchaba y guardaba secretos que hoy deben llenar su tumba.
La que entraba sin miedo a los barrios más pobres para ver qué estaba haciendo falta y cómo podía ayudar.
La que preguntaba: ¿cuánto calzas? para salir por todos lados a conseguirle un par de zapatos a ese total desconocido.
La que en pleno verano juntaba frazadas para cuando llegara el invierno.
La precavida.
La que siempre estaba preocupada por todos. La que pensaba en todos, incluso por sobre ella misma.

Era así: simple. Inmensa.
Un corazón enorme que desbordaba emoción.
Era sincera y soñadora… era pura, auténtica.

Tenía la increíble virtud de ver a través de los ojos de la gente.
Siempre dispuesta a dar otra oportunidad.
Estaba hecha de retos bien dados cuando nos íbamos de costado.
Era luz, sabiduría y templanza.
Era la certeza de poder contar con ella.
La alegría desmesurada y sincera en los logros ajenos.

Y era belleza.
Y era tan simple en su belleza…
Cuando era pequeña un sacerdote la inmortalizó como “Virgen Niña” en una pintura para una iglesia alemana… ojalá hoy pudiera dar con ese lugar en el que tienen el rostro de mi madre como el rostro de la madre de todos.
Siempre fue devota de la Virgen, tal vez por eso nunca le soltó la mano.

Fue un ejemplo de mujer.
Nos enseñó que ante las adversidades, unidos, era la forma de salir adelante.
Ella era confianza, tenía la maravillosa virtud de sacar lo mejor de las personas.
Exigía cuando sabía que podías más, te invitaba a traspasar tus propios límites. Estaba parada para aplaudir y festejarte cuando los alcanzabas, y cuando no, también estaba para levantarte, sostenerte y animarte a volver a empezar.

Mi mamá fue una hermana presente y compañera.
Fue una mejor amiga.
Fue una gran esposa.
Fue sumatoria de valores e integridad.
Valiente, guerrera.
Educaba con su ejemplo.
Para ella la familia lo era todo.
Tal vez porque ella misma era familia. El árbol de ramas enormes para cobijarse. La madre con pecho enorme donde se encontraba consuelo y se pasaban los malos tiempos.

Madraza. Conmigo, con mi hermano, con hijos ajenos, con su yerno, con nietos que no eran sus nietos, con niños como “Nico”, su carrero que durante años, vistió y alimentó y que ya adolescente, tocó el timbre de la casa de quién en tantas oportunidades lo había ayudado, para una vez más querer darle las gracias.
Mi mamá era esa ayuda silenciosa porque nadie la veía cuando lo hacía ni tampoco necesitaba contarlo.
Mi mamá fue la inyección de vida que le dio Constantino en su rol de abuela.
Y sin dudas ES la felicidad que tendría hoy al saber que pronto llega Sara.

Mamá era jugos de naranjas exprimidos. Eran películas antiguas que miraba. Era suaves caricias. Era el flan más rico del universo desde que ocupó el lugar de Lita.
Era su pasión por los anticuarios. Los regalos pensados. Los libros dedicados. Las notitas de amor escondidas por todos lados. La delicadeza de sus pasos. Su andar liviano. Sus recuerdos. Las anécdotas de su infancia.
Palabras certeras en horas inciertas.
Aquella que sos…
Aquella que fuiste…
Aquella que siempre serás…
Eterna.
…y mi orgullo de llamarte Mamá.”

Seguíme!


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