La luna de rock

La luna de rock
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Hace muchos más años de los que soy capaz de recordar, alguien se cruzó por el camino en el que andaba. En cuestiones de tiempo, su paso fue casi esporádico. Pero en su andar, dejó colgado en el techo de mi cueva una frase que en ese momento sentí tan irrelevante cómo imprecisa. La había escrito en lápiz, por lo que  el paso del tiempo casi la termina por borrar. 

Curiosidad que llevó a que leyera el papel.

Cómo les digo, la sumatoria de palabras no tenía ningún sentido real. De todas las  circunstancias de la vida ninguna le daba un fin pragmático al significado de la oración leída. Sin embargo quedó grabada en el sin sentido de una vida cotidiana.

Una cosa lleva a la otra. En el camino de la vida siguieron apareciendo pasajeros esporádicos.

Vívidos momentos particularmente especiales guardados bajo llaves que no muestro. Pasan imágenes de aquellos otros no tan buenos, que incluso quisiera nunca hubiesen existido.

Pero en la mezcla de sensaciones y circunstancias, escucho algo que se transforma y me atrapa…

De la música a la danza, me descubrí en el movimiento de tu espalda, de tus brazos extendidos al cielo, de tu pelo siempre al viento, de los colores que envolvían tu cuerpo y dejaban estela tras tu paso siguiendo el ritmo del viento. Había luz a través de tu mirada, había risas de escucharte siempre alada. Eras hada, eras siempre una caricia para el alma.

Cuando tu camino y el mío se encontraron, fue tan corto que creí que había pasado en un sueño; uno de esos lindos en los que aparecen las personas que uno ama. Diez años de distancia nos separan, y continúan los ecos de palabras conversadas, de canciones a los gritos cantadas, de secretos bien guardados, de tu voz llena de vida,  de tu mano amiga siempre a todos extendida, de tu vida con alas.

Amigas que llenan el espacio de miles, bastó tan solo una mirada para saber que serías eterna. Inmortal por lo menos en mi alma.

La voz de un teléfono que sonaba apagada por la angustia, me hizo saber que ya no estabas.

De un corazón achicharrado, saltaron lágrimas que inundaron  mi cuerpo y llegaron hasta el alma. Maldiciendo la distancia, no hubo consuelo en palabras.

Un nuevo año que comenzaba trayendo a la tristeza enjaulada.

Quise correr a abrazarte, quise que me envolvieras con tus alas.

Te rogué que volvieras, que no nos dejaras.

Una luz amarilla brillante marcó el espacio vacío que dejabas y subió hasta el cielo, donde te marchabas. La tierra se tiñó del rojo color de tus entrañas.

La luna de rock se sintió opacada, sin tu brillo de vida, sin la luz de tu mirada, sin la alegría de vida a la que nos tenías acostumbradas. Faltaba la energía de tu simple mirada.

Cómo en una máquina del tiempo, los años volvieron todavía mucho más atrás, y descolgué la frase en lápiz borroneada por el destino. Esa que de tanto repertirla ya la tenía tatuada en el alma. Entendí que había una razón, y recién ahora lo notaba. No era la sumatoria de vocales, era una oración que explicaba porqué vos ya no estabas.

“Los buenos mueren primero” ponía voz en las palabras. Con las rodillas en el suelo, arrugué el papel entre mis manos y las apoyé en el pecho. Y lloré tu partida y lloré tu ausencia, y me aferré al pedazo de vos que aún me quedaba.

A las fotos que aún guardo, a las letras en canciones cantadas que te hacen eco y no dejan que tu recuerdo parta.

Hoy entendí el verdadero significado, y finalmente entendí su verdad.

Aunque se que vuelas por los aires, maldigo al destino, maldigo no poder seguir escuchando tus palabras. Pero vuelas el vuelo de un hada. Se que estás en cada letra, de un tango que recuerda a una amada.

Amores que marcan el contorno del espíritu que te da forma; amores de amiga, amores de hermanas, amores de hijas, amores de amada. Amores de una luna que llora el rock de tus alas.



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