Categoría: De Naranja-Lima

Soltar…

Soltar…

Soltar… Dejar ir… Cuando estamos haciendo un duelo que duele, lograr salir adelante y permitirse seguir viviendo con una ausencia infinitamente gigante, no significa tener que esconder. Guardar las fotos en un cajón, dejar de recordar sus palabras. Dejar de tenerla presente y no hablar […]

Amiga en pena

Amiga en pena

Lágrimas que caen redondas sobre tu rostro pálido. Tranquila pequeña, que aunque así de fuerte golpea, nunca es tan fuerte esa pena. Levanta tus brazos al cielo. Explora la locura que encierras, veras que es bueno despojarse de cargas pasajeras. Que florezcan en tu alma […]

Isabel la cubana

Isabel la cubana

Solía verla pasar. ¿Cómo decir que no la miraba, si todos nos dábamos vuelta para verla? Le diría que más que hermosa era exuberante, era pura simpatía. No salgo del asombro. Todos en el edificio estamos conmovidos. Una gran tristeza. (más…)

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Sofi en Diario Uno

Sofi en Diario Uno

Mamá salí en Diario Uno… Seguíme!

American Airlines mi peor pesadilla

American Airlines mi peor pesadilla

Señores de American Airlines: Les había escrito una carta hace unas semanas atrás, a los pocos días de mi último viaje con ustedes, pero al releerla me di cuenta que estaba cargada de rabia, frustración pero principalmente de enojo, por lo que decidí dejar asentar […]

Respeto a la mujer, amor a la madre… parece tan simple.

Respeto a la mujer, amor a la madre… parece tan simple.

Mi abuelo se llamaba Juan José Ardoy. Hace mucho, pero muchos años fue Intendente de la ciudad en la que crecí. En aquellos tiempos, allá por 1957, él escribió un discurso para inaugurar una estatua en homenaje A la Madre o a las madres. (más…)
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En la Tapera del Alma

En la Tapera del Alma

No recuerdo exactamente cuando la vi por primera vez. Tampoco soy capáz de recordar el último encuentro. Se me llena la cabeza de imágenes que no logro ordenar en el tiempo. Secuencia cronológica de hechos y momentos que tengo miedo de olvidar, que no puedo […]

A la basura las condecoraciones

A la basura las condecoraciones

¿Vieron alguna vez esas personas que llevan en la parte izquierda de su saco condecoraciones? Sí, esas que se llevan colgadas en el pecho. Esas que por lo general se ostentan con orgullo. Condecoraciones que fueron adquiridas por mérito, grandes hazañas o por destacarse dentro de […]

Señaladas, señalando

Señaladas, señalando

Y un día nacimos. Nacimos mujeres.

Crecemos sintiendo amor y pasión desde las entrañas. El teleteatro premonitorio de nuestras vidas. Jugando a ser adultas: acunando muñecas desde la más tierna infancia, siendo heroínas salvadoras del mundo, construyendo mundos felices.

Crecimos y despertamos a la vida de mujeres adultas nada más y nada menos que sangrando.

A veces con dolor, a veces con alegría, a veces con angustia, a veces con asombro, a veces solas, a veces inesperadamente, a veces sin siquiera quererlo y algunas otras esperando ansiosas ese “pasaporte” de niña a mujer.

Crecemos ingenuas para verle de repente la cara a un mundo que nos trata con crueldad y desinterés.

Violencia de género le dicen. Las mujeres no tenemos los mismos derechos que los hombres, las mujeres no recibimos el mismo trato que los hombres. Las mujeres estamos en un escalón inferior. Abajo, oprimidas, aplastadas las ideas y también las esperanzas.

¿Pero qué ocurre cuando, muchas veces, son las mismas mujeres las que hacen que esa violenta diferencia se sienta aun más fuerte?

¿Saben cuál es el peor dolor que puede soportar el ser humano o mejor dicho el cuerpo de un ser humano? Quemarse. O sea, que nuestro cuerpo se queme es lo peor, dolorosamente hablando, que podría ocurrirnos, pero vayamos al segundo lugar: ¿tienes idea cuál es el segundo dolor más terrible que el ser humano puede soportar?

Parir.

Parir, exactamente eso, traer al mundo otro ser humano. Nada en la naturaleza debe tener tanta magia acumulada, tanto amor, felicidad y dolor a la vez, todo mezclado, todo contenido en un solo acto.

Con alegría o no, con ganas o no, las mujeres traemos otro ser a este mundo sufriendo. Con el dolor más profundo. Una agonía soportada por mujeres valientes, que logran pasar ese momento y llevarlo desde el grito desgarrador de las entrañas a la felicidad más pura.

Pensar que años atrás algunas mujeres perdían la vida en ese hermoso acto de dar a luz, y con ellas se apagaba el sueño de ver crecer a sus a sus retoños. Parir es la ejemplificación de dolor más hermoso que existe.

Pero algunas, por el motivo que sea, no parieron. Y sus hijos han nacidos por cesárea. Sin embargo, tuvieron a su hijo y ninguna es menos madre por no haber atravesado por ese momento penoso al que las mujeres están confinadas de nacimiento.

Nada nos hace menos madres. Nada nos hace menos mujeres.

Ni siquiera son menos madres aquellas que se han pasado años intentando cumplir ese sueño que perseguimos desde niñas de llevar en nuestro vientre un hijo, fruto del amor, fruto de sueños sin tiempo.

Esas cientos de mujeres con vientres impedidos de dar vida, no son menos madres. La maternidad es intrínseca de cada mujer. Es propio e interno incluso en aquellas que deciden no dar ese salto, porque eligen poner toda su energía en los sueños de superación profesional. ¿Acaso es menos mujer por decidirse a pisar fuerte en su carrera en vez de seguir patrones externos?

Ninguna mujer tiene derecho a mirar con ojos cargados de opiniones, las decisiones de otras, sin embargo, somos las mujeres las primeras que apuntamos.

¿Acaso es menos madre aquella que con todo el amor del mundo elige cuidar de un hijo que nació del cuerpo de otra mujer? Por el contrario, es tan madre, tan humana, tan mujer, tan sensible, tan digna de una corona de laureles. Y sin embargo también se la señala. Se la apunta incluso cuando es la encargada de dar cobijo al hijo abandonado  de una madre sin agallas, o sin fuerzas, o sin vida. Se la distingue cuando se convirtió en la mujer-madre sustituta del niño de aquella que no tuvo brazos para acunar, ni los pechos para amamantar a su propio niño. 

De todas formas, esa madre que abandona, también debe de haber tenido sus motivos, y no somos nosotras, las mismas mujeres, las que debemos señalarla, sino entendernos y entender que hay historias silenciosas que nos entrelazan a todas.

¿Cuántas de nosotras entendemos el crecer con dolor, con miedo, crecer con abusos, a veces físicos, a veces sexuales, a veces verbales? ¿Cuántas de nosotras hemos soportado la degradación y la falta de respeto? A pesar de eso, con todo lo que sea que llevamos en nuestras espaldas, de igual manera señalamos. Apuntamos con el dedito acusador el accionar de otras mujeres.

Y sigue la vida. Y las mujeres seguimos soportando: desigualdad en los trabajos, desigualdad de parte de los hombres, desigualdad de parte de mujeres.

Qué será de nosotras las mujeres si nosotras mismas no nos servimos de apoyo. Pensar que no hay mujeres con reputación de “puta” tan descaradamente impuesto que por otra mujer. Triste.

Mujeres sin nombre, sin rostros, sin ojos, sin lengua, sin filo, sin edad, sin sexo, sin cuerpos, sin tormentos, sin miedos, sin violencia, sin dolor, sin color, sin pecho, sin ansias, sin esperanzas, sin sueños, sin voz. Silencio mujeres. Ojos tapados, bocas ahogadas. Silencios. Justificaciones a la injusticia.

Somos mujeres. Recordar que somos mujeres. Mujeres que pretenden alcanzar estándares socialmente aceptables impuestos por mentes enfermas. Mujeres que mueren por alcanzar la delgadez de patrones de belleza vacía. Mujeres que ven morir a sus hijos en sus brazos. Mujeres que sueñan sueños de princesas. Mujeres que pasan la vida luchando por su libertad. Mujeres que pelean por sus derechos. Mujeres que buscan y que no alcanzan. Mujeres que levantan y aplastan. Mujeres ejemplo. Mujeres dolor. Mujeres floreros. Mujeres madres, hijas, abuelas, hermanas, amigas, vecinas, compañeras. Mujeres al fin. Mujeres. Justificaciones sin justicia.

¿Qué va a ser de nosotras si ni entre nosotras no cuidamos nuestra reputación, si no valoramos y apoyamos nuestros logros? ¿Porqué esperamos la bienaventuranza de los hombres y su decisión final por sobre la opinión de nosotras mismas?

¿Porqué no somos nosotras las que nos damos el lugar en la sociedad que nos merecemos en vez de seguir peleando por las migajas debajo de la mesa como si fueran un banquete?

Las mismas mujeres que parimos, que sentimos, que amamos, que nos sacrificamos, que sangramos, somos las mismas que nos vemos doblegadas frente al propio sexo femenino.

Triste realidad. Dejemos de juzgarnos de una vez por todas entre nosotras. Empecemos a respetarnos para poder pedir respeto. Dejemos de apuntarnos y de señalarnos. De todas formas, no somos tan santas, ni tan perfectas, sino, queridas Magdalenas, las reto  a ver cuál de ustedes se anima a tirar la primera piedra.

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El uno para el otro

El uno para el otro

Va a ser casi un mes desde que se casó una de mis grandes amigas de la infancia, de la vida. Imposible no pensar en ese día y casi como volver a sentir el calor insólito para la época del año que hizo. Muy a pesar […]