Etiqueta: De Naranja-Lima

no preguntaré tu nombre

no preguntaré tu nombre

amiga No preguntaré tu nombre. No querré saber quienes fueron tus padres. No indagaré en el método y las formas que te educaron. Tampoco buscaré los carteles de las calles que te cobijaron. Haré oídos sordos cuando pronuncies palabras desconocidas en mi diccionario y no […]

Desconectados

Desconectados

La gente no sabe, pero los observo: quietos, en silencio, no escuchan, no hablan, no ven, casi que no sienten. Robots frente a una pantalla táctil con ojos vidriosos, resecos. Momentos de conexión que han pasado a ser parte del olvido. En algunas ocasiones los […]

Letras

Letras

Me preocupé por mirar el papel.

Es que estaba desorientado y sentía la necesidad de buscar una mano amiga que me sacara de la angustia y liberara la opresión que sentía en el corazón.

Note que no podría volver a escribir y creí que todos se habían dado cuenta.  Sentí que lo sabían. Tenía miles de ojos en la nuca que me señalaban, me perseguían.

Era como un licuado de vergüenza y fracaso que llenaba mi garganta de un sabor amargo y mi nariz de olor nauseabundo y podrido.

No había ya palabras, ni letras. No había nada, estaba vacío, sin ideas, que es lo mismo casi que estar sin alma. Desnudo, indefenso, perdido.

Volví a observar el papel. Me preocupé por mirar su blancura. Las líneas que dividían mi hoja en renglones habían cobrado vida, vi que se movían como olas gigantes y creí que me alcanzaban, me envolvían. Naufragaba a la deriva de un mar de ideas que se desvanecían.

¿Es que acaso estaba viviendo en un sueño? Más que un sueño era una terrible pesadilla y dentro de ella ni mi mano ni mi cerebro no se conectaban, sin comunicación aparente mi única forma real de expresión me había dejado. Miré mi mano imposibilitada de movimientos: ya no soy humano.

Sin embargo, aunque lograra mover la mano sobre el papel en blanco con renglones mojados, me di cuenta que mi lápiz no tenía punta, por lo que tampoco hubiese sido posible garabatear ningún recuerdo escondido, previo al miedo, previo a estar vencido.

Miré el papel en blanco, mi cerebro vacío, mi lápiz sin punta y mi pupitre de repente comenzó a hacerse cada vez más pequeño.

¿Donde estoy? Es un aula de una escuela que no distingo, me es ajena.

A-E-I-O-U

Paro. Retrocedo, mi pupitre se hace aún más pequeño y este aula crece en dimensiones escalofriantes. Y yo soy diminuto y estoy solo. Miro las letras, ya no sé cómo suenan esas vocales, no entiendo cuál es cuál.

En realidad, no estoy seguro si hay un sonido que da el nombre a una vocal.

No leo, no escribo, no pienso, casi que no respiro. Si no logro garabatear mi hoja blanca definitivamente, no existo.

Tengo frío y mientras reconozco que necesito un abrigo, un fuerte cachetazo golpea mi mejilla y es tan fuerte el golpe que quema, me asfixia. Se que está roja aunque no me refleje ningún espejo. Una lágrima cae lenta a través del ardor y escucho gritos cargados de odio:

“tienes que aprender las vocales,

tienes que aprender a leer,

tienes que aprender a escribir,

tienes que aprender las tablas,

tienes que aprender a sumar,

tienes que aprender a vivir.”

Escondo mi cabeza con brazos débiles y tapo mis oídos con manos insignificantes, la frente se arruga , la nariz gotea, los hombros y la espalda se tensan, no hay cuello, hay miedo, soy un niño, no lo entiendo.

Los aullidos van perdiendo intensidad y se ahogan en la corta distancia de un tiempo que se desvanece. Creo que el peligro ha pasado y abro cauteloso el ojo izquierdo, tomo coraje y con los dos vuelvo a la hoja de papel en blanco con sus renglones que  naufragan en mi pupitre pequeño, a este aula gigante, a mi lápiz que sigue sin tener punta. A mi fracaso, a mi vacío.

Con un poco más de confianza, levanto aún más la cabeza y mis ojos se clavan en las letras escritas con tizas de colores en el pizarrón del frente.

A-E-I-O-U

No las conozco, no se como suenan.

¡Rinnnnnnn! Aguda campana ensordecedora resuena no tan lejos.

No, no estoy solo, estoy rodeada de niños que no quiero, que gritan alocados mientras salen por la puerta que da a un patio donde hay un mástil con una bandera que no es mío.  Maestras con guardapolvos largos y peinados antiguos y ojos pintados con sobras violetas caminan entre los alumnos que juegan, mientras cuchichean chismes de las otras maestras que toman café amargo y fuman ansiosas.

Mi malestar mejora, lentamente la angustia se disipa, es que la mano salvadora que espero desde el principio de los tiempos ha llegado y me distrae.

Repite mi cabeza con ecos: ha llegado… Ha llegado.

Es alguien alto con un rostro nublado que no distingo, con voz amarga de mates verdes y dientes amarillos. Olor de invierno que llena mis sentidos. Toca mi frente y exclama: “tienes fiebre”.

Caigo vencido por el peso inhumano que se cuelgan de los postigos de mis ojos brillosos.

Lejos del conocimiento adquirido y los versos aprendidos, ya no escucho niños, ni oigo sus chillidos, no veo letras pintadas en pizarrones con tizas de colores, ya no tengo un lápiz sin punta entre mis dedos, ni estoy sentado en un pupitre pequeño,  la hoja blanca  con renglones que mojan que tenía delante de mis ojos se ha desvanecido. No existe, es olvido.

Pese a la tranquilidad de saberme en la guarida, sin cachetazos, sin miedo y con la brújula marcando la salida, mi garganta sigue seca, raspa.

Vuelvo a abrir los ojos luego de creerme muerto. Conocimiento de letras que he aprendido

Miro y me abrigo, estoy tranquilo, he recobrado el dominio de mi mismo.

Me olvido del olvido, siento que escribo.

Revolviendo las ganas

Revolviendo las ganas

Me pierdo en el recuerdo de emociones lejanas y tardías. De correr fuerte empujando la vida. De tacos altos y polleras cortas,  corriendo y saltando, volviendo en redondo. Dando pasos certeros y otros mas de costado,  para no perder la costumbre de querer ir a […]

La foto que encontré en un cajón

La foto que encontré en un cajón

En la foto que encontré en el cajón, estás vos y vos, vos también… estamos todas. Somos dos, tres… llegamos a diez, y un par más también. En la foto que encontré en el cajón, veo a la infancia con una total cara de dormida.  […]

El Gusano

El Gusano

-Firma y fecha- le escuché decir, y casi autómata cumplí con el mandato.

Me dio la sensación de que transcurrieron varios minutos entre que tomara la lapicera y la volviera a dejar. Es que tuve que pensar en escribir mi firma de soltera y no acompañarla más con un apellido ajeno.

Me recosté sobre el respaldo de mi silla, tomé aliento y creo que hasta me salió un sonoro suspiro de alivio.

Extendí la mano a mi abogado mientras escuchaba sus felicitaciones.

No estoy segura si sonreía. Sólo sé que tomé mi cartera y me levanté para perderme tras la puerta.

Era jueves. Me había pedido el día libre en el trabajo. Era casi media mañana, todas las personas a las que me hubiese gustado acudir estaban en sus tareas de oficinas.

Yo estaba literal y físicamente sola.

Llegué a mi casa y no terminé de atravesar la puerta que comencé a sacarme la ropa que traía puesta. Confirmé la temperatura del aire acondicionado y ya en bombacha y remera me tiré en el sofa. Sin pensamientos. Vacía mi mente y mi alma de cualquier sentimiento. Con los ojos fijos en ningún lado.

Había sido fácil, tanto que sólo una firma con lapicera me separaban de los últimos 9 años de mi vida.

No quería indagar en mis sentimientos. Hace tiempo que hacía terapia y había sido gracias a la fuerza adquirida con mi terapista que había sido capaz de cortar las cadenas imaginarias. Cadenas que me ataban al represor en el que se había convertido el hombre al que tanto había amado. Excitación, exaltación, estaba agotada.

Creo que dormité, no lo podría asegurar, pero cerca de las cuatro de la tarde sentí hambre y me di cuenta que no probaba bocado desde la noche anterior.

Fui a la heladera y luego de revolver por un rato, terminé por decidirme a preparar uno de esas bolsas de tallarines con salsa que venden en el Trader Joe’s.

En diez minutos ya estaba sentada en la mesa, sola. Comiendo mis tallarines con apetito voraz. Como que fuera la última y única comida de mi semana. Como que el fin se acercaba. Como entendiendo que la soledad que me acompañaba era la que iba a ser mi compañera tal vez por un tiempo indefinido.

Volvería a ser yo. Este tiempo me daría la oportunidad de  reencontrarme conmigo misma. Volvería a permitirme hablar sin cuidarme de sus planteos; sin miedo al ridículo; sin preocuparme por sus susceptibilidades baratas.

Cuando terminé el plato, y reconozco que absorta en mis pensamientos no dejé ni una miga, fue recién ahí cuando se me vino encima un sentimiento de culpa inmenso. Tal vez era por haber comido a semejante velocidad, o por no haberle pedido a alguna de mis amigas que se tomara el día libre conmigo, o incluso por no levantar el teléfono y contactar a las que sabía que a las cinco terminaban su horario de trabajo y pedirle que me hiciera compañía.

Comencé a llorar.

Allí sentada sola lloré amargamente como no lo había hecho en los últimos meses, o al menos desde que me había enterado de su amorío con su secretaria 15 años más joven. O tal vez era el alivio de sentir que había encontrado la excusa perfecta para borrarlo de un saque de mi vida.

Lloré. Lloré sobre la idea de volver a confiar en alguien y sentía que se me paralizaba el corazón.

Imposible.

Con toda la confianza que había depositado en él y éste mal nacido me había traicionado; ¿cómo iba a ser capaz de confiar en otra persona?.

Lloré. Lloré sobre los años que le había entregado. Con la lealtad que le había guardado. Con la parte de mí que le había permitido que él manipulara. Entendí que el camino en el que acababa de embarcarme, luego de firmar ese papel, iba a ser duro.

En la melange de sentimientos que me sacudían sentí algo realmente que no había sentido nunca. Parecía que mi interior se revolvía y algo desde mis entrañas pedía ser expulsado. Algo ajeno a mi cuerpo subía por mi estómago y atravesaba mi garganta. Algo áspero y fino y grasoso y largo, además de vivo, salía por mi boca. Lo tomé con mis dedos evitando un calambre estomacal que me hiciera vomitar. Lo fui estirando lentamente para que no se partiera a la mitad mientras terminaba de atravesar la garganta.

Era largo y asqueroso.

Las lágrimas me nublaban la vista pero mi sentido de alerta me permitió terminar con la tarea.

Aún con vida entre mis dedos se revolvía tratando de liberarse y yo en mi llanto, no le permitía soltarse.

Ese gusano había estado creciendo dentro mío desde el momento que había descubierto su engaño, y ahora surgía de las entrañas como quiriendo darme a entender que estaba siendo liberada; que el parásito en el que se había convertido estaba en mis manos y tenía, de quererlo, el poder de destruirlo para siempre.

Iba a olvidarlo, iba a renacer, esta vez sin un gusano en mi ser que me devorara.

Solté el invertebrado sobre el plato, lo miré absorta entre la duda y la sorpresa. Yacía en el aquel plato blanco intentando encontrar un lugar de escape, tal como lo había visto a mi, desde ahora, ex marido moverse los últimos meses: a ciegas, completamente desorientado.

Tomé el plato, abrí la canilla de la pileta de la cocina y permití que el agua se llevara al ser que me comía por dentro.

Aquel día firmé el divorcio, aquel día me saqué de encima al gusano.